Cicatrices de oro

Yo era muy pequeña cuando fue el temblor del 85. Recuerdo, como entre sueños, que rezábamos en el jardín de casa de mi abuelo, asustados. En realidad ese recuerdo puede ser de cualquier temblor. ¿A poco no? Y más de cualquier temblor después del 85. ¡Nanita! Ese terremoto sí que nos dejó cicatrices.

Después aprendí que ese sismo también nos despertó de un letargo al que nos habían orillado a punta de fusil y de pañuelos blancos atados a puños traicioneros. Nos habían dicho que calladitos nos veíamos más bonitos, mientras el desgobierno hacía lo que le venía en gana. Estaba tan enfocado en “sacar ventaja” que se había olvidado de hacer su chamba.

125A3342.JPG

El temblor del 85 nos hizo darnos cuenta de esas carencias, de que los que estaban ahí para cuidarnos, para organizarnos, para prevenirnos, estaban más bien viendo cómo apuñalarnos por la espalda y robarnos lo poco que, por inercia (casi), les llegaba de nuestro dinero. Porque siempre que podemos hacemos lo posible para no pagar impuestos, total, todo se lo roban. ¿O no? No nos hagamos weyes. En estos días de netas, la neta.

En el 85 se destaparon muchos ojos, que despertaron a muchos jóvenes. Después de ese año, México no volvió a ser el mismo. ¿Se acuerdan que en el 88 Salinas “ganó” la presidencia? Organizaciones tan amadas y respetadas a nivel internacional como la Brigada de Rescate Topos Tlaltelolco A.C. nacieron en el 85. México cambió ese año. Bueno, más bien, México comenzó a mirarse ese año.

Una de las cosas que más me asustan de estos días es que volvamos a dejar de vernos, que nos olvidemos otra vez de quiénes somos, de qué podemos lograr, de que juntos somos más fuertes, de qué merecemos y qué no. El primer día, nadie escribió insultos en su Facebook. El primer día, nadie robó. Los robos vinieron después, cuando el miedo se apagó. Los insultos le siguieron a los robos, y así…

 

DJI_0078.JPG

¿Cuántos memes han visto burlándose de la tragedia? Ya empiezan a llegar. Los primeros días hemos visto mensajes de apoyo, de amor, de compañerismo, sí también algunos demasiado patrioteros o demasiado cursis, pero que nacen desde el amor. Hemos visto bromas hermosas desde otros estados, como los mensajes de los regios en sus donaciones. Tuvo que pasar una tragedia de altos vuelos para que aceptaran por fin que la quesadilla puede ser de cualquier cosa y no está supeditada al queso.

Tuvo que pasar una tragedia de altos vuelos para que nos diéramos cuenta que los mexicanos no estamos supeditados a nuestro gobierno. Que si ellos tranzan y se relamen los bigotes con una tragedia como ésta y utilizan toda su capacidad para ver cómo robar más y cómo seguir engañando y tratándonos de pendejos, nosotros no usamos nuestra energía en generar mierda. Que nosotros sí nos preocupamos por nuestro vecino o nuestro compatriota o nuestro igual, desde la misma cuadra, el mismo barrio, la misma ciudad, el mismo país o el mismo planeta.

No quisiera que se nos olvide. No quisiera que el momentum se vaya. Me gustaría asegurarme que las conciencias de los suficientes se han visto movilizadas. Que después del ejemplo de los chavos recogiendo escombros en silla de ruedas y muletas no podemos volver a ser los mismos. ¡No!

Ya nos dimos cuenta que juntos somos más fuertes, que las cicatrices se las reconstruye con oro, como los orfebres japoneses. Que nos la pelan y que somos muchos más los buenos. Que, como dirían los del TECHO, #ComenzóNoPara. Ora sí que como diría el Chapulín: Síganme los buenos.

125A3477.JPG

Fotos de Santiago Arau Pontones que donó sus fotografías para que las usemos los que queramos hablar de la tragedia. ¡Gracias!

Anuncios

La Ciudad de México, el jing y el jang.

Tantas líneas se han escrito sobre Sicilia, la Toscana o Roma. Cuánta miel se ha derramado sobre Madrid, incluso por quienes no la conocían. Versos, frases y libros sobre París no escasean. La ciudad de la Luz, le dicen. ¿Qué tiene el DF que no inspira más? O lo hace, pero nadie se atreve a admitirlo. Encanta. Hipnotiza. Droga. El DF es alucinante. Te hace amarlo tanto, que lo odias.

Genera reacciones opuestas. Depende del cristal con que se mire. Tiene algo para todos y tiene un nada para todos.

Hay algo en él que amamos y hay algo en él que odiamos. No importa quién seamos.

Para algunos, inspira. Para otros, ahoga.

Un chiste, un negocio, una forma de vida. Un salirse con la suya. Sentido del humor. La muerte encima cada día. Un hoy por mí, mañana por ti. Eso es el DF.
Un chiste, un negocio, una forma de vida. Un salirse con la suya. Sentido del humor. La muerte encima cada día. Un hoy por mí, mañana por ti. Eso es el DF.

Donde lo práctico no tiene lugar, surge lo extraordinario. Cada día.

¿Qué extrañas de él?, me preguntan.Todo. Y nada, contesto rápido. Todo, porque la familia lo es todo. Todo, porque el amor lo es todo. Todo, porque aquí nadie te mira como allá.Nada, porque lo llevo conmigo. Nada, porque ese amor no se queda allá, viaja a mi lado. Nada, porque esa mirada la tengo impresa en mí.

Cuando la llamada de la selva me invade y pienso en tener hijos. ¿Quiero que crezcan sin mirar?, que sean ciegos de corazón. No. Quiero que lo lleven con ellos. Que lo vivan cada día, con sus incongruencias. Las mismas de la vida. Jing y Jang en la mente y en el alma. Todo se puede. Sí. Entonces decides hacer lo que decides porque la justicia no recae en nadie salvo en ti. Y la gente decide sonreír y amar. Sin que nadie lo obligue a hacerlo. La gente decide dar y abrazar, sin que nadie le diga que es una cuota de “género”, de “civismo” o de “humanidad”. La gente simplemente es, en su mejor sentido.

¿Puedes asesinar y salirte con la tuya? Sí, sin duda. En México no hay justicia.

¿Puedes robar y salirte con la tuya? Por supuesto. Todos lo hacen, hasta los gobernantes.

¿Puedes pasar encima del resto sin que nadie te juzgue o multe por ello? Claro, la prudencia la mide cada uno. El volumen de la música lo elige quien le da al play.

Los pobres, no. Dirán algunos. Los pobres pueden asesinar o robar y lograr lo que quieran. Pueden salir de la cárcel después de haber robado y asesinado. Pueden también leer y viajar. Y salir de ahí.

La gente que mata, decide hacerlo porque es lo único que le han enseñado a hacer. La gente decide salirse con la suya, porque eso vio siempre. No hay reglas. La gente simplemente es, en su mejor sentido.

Dicen que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades. No es verdad. México lo es. No hay límites. No hay quien logre domar a la fiera. Es. Así, sin límites.

Y la dejan ser.

Porque gracias a que puede ser, es. Si no pudiera ser, no sería. Y a nadie le importaría. Hay demasiado en México como para no dejar que suceda.

Y aún así, siendo tan como es, algunos nos vamos. No sé muy bien si nos vamos porque no podemos estar allá o nos vamos porque tenemos que compartir lo que tenemos. No quedarnos con los kunis. Brindar esa mirada a manos llenas allá a donde nos vamos. Siempre con un ojo al gato y el otro al garabato. Porque a pesar de que nos vamos, nunca dejamos de estar aquí. Ahí.

La pelea por el mando

En mi casa, de niña, el control de la tele le correspondía a aquel que había prendido la televisión primero. Se apagaba para comer, nunca mis papás permitieron una televisión en el comedor, mucho menos verla durante la comida. Por lo tanto, al terminar de comer o cenar, todos corríamos para ver quién lograba tener el “control”. Había algunos que buscaban el consenso, otros se declaraban dictatoriales, se veía lo que querían. Todos nos vimos obligados a ver un poco de lo que el otro quería ver. Discutíamos mucho: proponíamos programas, vendíamos “nuestras” opciones, criticábamos los programas que le gustaban a los demás. Una democracia televisiva. Mi padre era de los dictatoriales, en su tele se veía lo que él quería.

La pelea por el “control” se vive en cada casa. Cada una se maneja bajo sus propias reglas. No recuerdo cómo fue que se institucionalizaron las de la mía. El señor de las moscas, quizás. Pasábamos las tardes bajo el yugo del más fuerte, mi hermano mayor, pero poco a poco nos fuimos rebelando, lo cual, supongo, derivó en las reglas. Como en cada casa, que hay un reglamento no escrito (o sí) de respeto, que nos enseña desde pequeños a respetar (o no). Las peleas caseras por el mando son latentes, y no me refiero solo al de la televisión. Y los consensos también. ¿Quién lava la ropa?, ¿Qué vamos a cenar?, ¿En qué restaurante?, ¿Pedimos pizza o sushi? Y en el trabajo son el pan de cada día.

Había tardes increíbles en las que los planetas se alineaban y tenías la oportunidad de mirar la televisión solo durante unas horas, sin que nadie te molestara, sin tener que llegar a acuerdos o sucumbir ante el poder (heredado). Nadie a quien convencer, ningún programa idiota que mirar, nada de caricaturas que “no son como las de antes”, ningún programa de realidad que chafardear. Zapping à la carte. A la carta de uno, pues. Solo.

Hay familias en donde se compran televisiones para cada habitación, para evitar los conflictos. Cada quien mira lo que le sale de la entraña. No hay peleas, tampoco consensos. No hay discusiones, tampoco dialéctica. Cada uno ve lo que le interesa, sin molestarse por conocer lo que busca el hermano de la habitación de al lado. Ahora, los dispositivos electrónicos portátiles facilitan el ostracismo. “Cada quien sus cubas”, reza un dicho mexicano. Y sus programas de televisión. Y sus vídeos de Youtube. Cada quien sus problemas. Y sus vidas.

Cada quien sus cubas
Cada quien sus cubas

En los edificios también hay peleas por el “mando”. En las ciudades, en los países. A veces somos incapaces de llegar a acuerdos en nuestro propio núcleo familiar. Y nos divorciamos. Nos vamos de casa. Dejamos de ver a nuestros hijos. En nuestra comunidad: le damos de gritos al vecino en la escalera. Le contestamos feo al del autobús, nos malhumoramos cuando algo no nos sale como queríamos, ardemos en cólera conduciendo. Buscamos habitaciones ficticias y televisiones separadas, para no tener que lidiar con lo que nos aburre, nos molesta o nos ofende. Nos juntamos con gente como nosotros, vemos medios que nos son afines, no viajamos a ciertos lugares, cerramos nuestros oídos a lo distinto a nosotros.

Queremos hablar de paz, de refugiados, de comprender, de romper fronteras, de “yo no soy racista pero los judíos son…”. Imposible. Si en nuestro propio núcleo familiar somos incapaces de llegar a acuerdos (escaños, votos o mayorías), cómo queremos hacerlo como país, como catalanes, como españoles, como humanos, como parte de este inmenso Universo. Mientras queramos ser los únicos con el “mando”, mal vamos. Hace ya muchos siglos que Copérnico dijo que la Tierra no era el centro del Universo. ¿Por qué seguimos pensando que cada uno de nosotros lo somos?

In gin we trust

Ayer fue el tercer día, fue un día difícil, lleno de tentaciones. El Facebook está ahí, parpadeando cada minuto, pidiendo ser leído. He tenido que recurrir a él para enviar un par de mensajes, forzándome a no leer todo lo demás. Ha funcionado.
El alcohol ha sido la tentación más fuerte de este día. Ni el cigarro ni la comida ni los dulces me han causado ninguna crisis. Quedé para cenar con un amigo y lo hice todo bien, pedí una Coca Zero. Al final de cuentas, cuando cenas, vas a cenar, no necesariamente a beber. Puedes escudarte en que no te gusta comer con alcohol. Sin embargo, cuando tienes de visita a un amigo al que le gusta el whisky y conoces una whiskería perfecta, con los bartenders perfectos, en el lugar perfecto. ¿Qué haces? Lo invitas a tomar una copa. Y yo no sé cómo le hacen los abstemios cuando los invitan a una copa. Quizás nunca van, quizás solo van a tomar cafés. ¿Qué harán los abstemios cuando los invitan a tomar una caña o una chela después del trabajo? ¿Pedir agua? ¿No ir?
Está claro que vivimos en una sociedad en donde el alcohol no solamente es aceptado, sino que es impulsado. ¿Qué hacen los abstemios en los bautizos, en las bodas, en las graduaciones, en los cumpleaños? La sociedades mexicana y española, especialmente, aunque me vienen a la mente un par más, conviven con el alcohol prácticamente en cualquier celebración, si no es que en cada día. Alguien se despide del trabajo, cava. Alguien cumple años, borrachera de tequila. Alguien se gradúa, perlas negras. Alguien se casa, peda interminable. Alguien está crudo, micheladas. Alguna vez un cliente me dijo, en México toda la comida y la bebida fueron creadas para poder seguir bebiendo… Michelato, chilaquiles, piedra, tortas ahogadas, micheladas. No hay festejo sin debraye.
En España hay más bares que restaurantes. Yo nunca antes había visto a alguien en un bar desayunando una cerveza a las 9 de la mañana. Aquí sí. El alcohol forma parte del ritual de todos los días. La gente va a comer y pide una cerveza, como quien pide una Coca Cola. Una cerveza es incluso más barata que un refresco o que pedir agua.
Por eso la gente no puede entender cómo no puedo/quiero beber una cerveza o un gintónic. Una es una y nada más. No se trata de eso. No se trata de no poder parar, se trata de no empezar, de poder no empezar. Y lo más fuerte de todo, de ir contracorriente. De poder ir a una fiesta de cumpleaños y pasarlo bien, sin beber (el viernes se acerca una).
Dejando de lado los personajes de la noche tan extraños que uno ve cuando va sobrio por Barcelona, hay dos aspectos que quiero resaltar del día de hoy. El primero, cuando no bebes, gastas menos. El segundo, cuando no bebes, duermes más. Llega un momento que por más que lo intentes, te aburres y no comprendes, y vas a dormir.

En una discoteca, como en la cena hay la excusa de comer, hay la excusa de bailar. En un bar de whiskies, no hay ninguna excusa.

Mudanzas

Por mi muy curiosa capacidad de engancharme a vicios de una forma que cualquier mercadólogo apreciaría, decidí dejar por dos semanas todo aquello que me ha enganchado, bueno, casi todo. La idea surgió porque un amigo suele hacer este tipo de “limpias” a menudo, solamente que él se las toma más en serio y por más tiempo. Seis semanas sin sexo (de ningún tipo), sin novia, sin carbohidratos, sin refrescos, sin alcohol, sin televisión, sin Facebook, sin postres, entre otras muchas cosas.

El argumento que él utiliza para defender su decisión de apartarse de todo esto es que es una forma de estar “consigo mismo”, sin toda la parafernalia que nos dice la sociedad que Debe, con mayúsculas, estar en nuestra vida. Sí, suena muy hippie o yogui, pero en realidad no lo es tanto. De cierta forma mi amigo también hace una versión “light” del ejercicio, pues si realmente se quisiera apartar de Todo lo que la sociedad nos dice que necesitamos para vivir, dejaría su piso del Born para vivir en un camping y dejaría su moto Ducatti por seis semanas, para viajar en tren hasta su trabajo. Incluso, si nos vemos muy estrictos, tendría que dejar su trabajo. Y es que la sociedad, lo queramos o no, es una marca, como un lunar, que tendremos toda la vida y que seis semanas de “limpia” no son suficientes para borrarla.

No por ello considero que su planteamiento deja de ser interesante, tan es así que he decidido hacer mi propia versión del mismo. Y aunque la mía es “light” y dura menos, no por eso deja de ser bastante digna. Al final, la razón no es despegarme de todo lo que la sociedad me dice que necesito para ser feliz, sino medir mi capacidad de qué tanto puedo despegarme de cosas que, efectivamente, no necesito para ser feliz. Las reglas no dicen que no puedo salir, pero que al hacerlo no puedo beber o fumar. Quitar ataduras, vaya. Los hay que me han dicho que de qué sirve el ejercicio si al final volveré a hacer todo lo que ahora voluntariamente rechazo. Digamos que será como una prueba muy mía en la que al final ganaré una estrella en la frente, nada más que eso.

Siempre he pensado que cualquier carga extra te limita. El alcohol, cuando se vuelve necesario para sobrevivir, te limita; así también el cigarro, la novia/novio, la religión e incluso el Facebook. Sin embargo no todo lo que es necesario para vivir se convierte en un vicio. Yo necesito de mis amigos para vivir o de mi familia, quizás a veces casi tanto como para ingresarme, pero no es lo mismo. En una relación sana familiar o de amistad, no tendría porque haber dependencias enfermizas. En fin, ya estoy debrayando en otro tema.

La cosa es esta, no vicios, no estorbos y no distracciones que no aporten (aún puedo bailar en una discoteca o ver Twitter para “trabajar”, incluso entrar a Facebook para enviar un correo -sin cotillear en las fotos y/o estados del resto-).  No cigarro, no alcohol, nada de chocolates, comida chatarra (kebabs, Mc Donald’s, etc), nada de refrescos, ningún tipo de sexo y evitar el contacto con un par de personitas que se han vuelto casi como un vicio. Iré reportando aquí los resultados y experiencias, qué mejor manera para volver a este espacio y dedicarle el tiempo que otros le han quitado.

Por lo pronto, este es el tercer día y lo que me ha resultado más difícil de todo ha sido no ver el Facebook… quién lo iba a decir. Igual y dentro de dos semanas hasta pude leer un libro… ja

Palabras para los oídos sordos

En el tiempo que llevo viviendo en España he conocido a muchos españoles que apoyan a Chávez, Castro, Evo e incluso al EZLN. Jóvenes que poco conocen sobre la historia de los países en los que estos personajes gobiernan, su historia y su situación actual, pero que la lectura de Marx los ha dejado embelesados. Pareciera que aquí en España no se enteraron de que el comunismo es un sistema fallido. La democracia no es miel sobre hojuelas, pero por más que sea también una utopía, dar un salto para atrás no es la solución. Tendríamos que pensar en un mejor sistema de gobierno, eso está claro, pero las críticas mal fundamentadas poco o nada hacen para encaminarnos hacia algo mejor.

He llegado a pensar que para la gente que da por sentada la libertad y las garantías individuales, la falta de libertad no solamente de pensamiento, sino de expresión, de propiedad, de religión, etc., es simplemente inimaginable, un concepto muy difícil de digerir mucho menos de imaginar o de empatizar con. En México, como en Venezuela, en Cuba, y en otros países de Latinoamérica, actualmente, históricamente o en los últimos 40 años, la falta de libertades ha sido una constante, como lo fue en España durante la dictadura. Las faltas de respeto a las garantías individuales de parte de otros ciudadanos y del gobierno son el pan de cada día. La justicia es un privilegio que solamente la gente con dinero puede disfrutar.

No puedo decir mucho de cifras en Venezuela, pero puedo decir sobre cifras en México, en donde en teoría vivimos una democracia. Ahí, un 49.58 % de una población de 103 millones de habitantes, no cuenta con derecho habiencia a servicios de salud. El 10% de las viviendas habitadas son de piso de tierra. El 10% de las viviendas no cuentan con retretes (WC). El 11% de las viviendas no tiene aguacorriente ni drenaje. 23% de las viviendas no tienen nevera. El 18.2% de la población vive en una situación de pobreza alimentaria (extrema pobreza: menos de 1 dólar al día para subsistir). El 25.7% de la población vive en situación de pobreza de capacidades y el 47% de la población vive en situación de pobreza patrimonial.

¿Cómo traduzco todo esto?
Aquí en España si la gente no va a la escuela es porque no quiere ir a la escuela. Si la gente no vota es porque no quiere votar. Si la gente no va al doctor cuando se enferma es porque no quiere. Si la gente no come es porque no quiere comer. En México, y estoy segura que en Venezuela también, si la gente no come no siempre es porque no quiera comer. Así que la palabra libertad toma una dimensión totalmente distinta. En las comunidades donde trabajé con Un Techo para mi País, los niños tenían que andar más de una hora para ir a la escuela, todos los días. Los había muchos que iban, los había otros que se unían a sus padres a trabajar desde muy pequeños (10 años), porque la escuela estaba lejos y los hermanos tenían hambre.

Criticar el chavismo no significa apoyar al sistema europeo o estadounidense. Hay muchas fallas en España, Alemania, Francia, México, Venezuela e incluso en los países escandivanos (con los mayores índices de suicidio). No existe sistema de gobierno ideal, no existe gobernante ni país ideal. Ir en contra por el simple hecho de ir en contra es tan malo como apoyar ciegamente un régimen que desconocemos. Leer puros textos que respaldan nuestro punto de vista puede ser muy halagador, pero nos deja con una visión muy sezgada de la realidad.

A los que apoyan sin chistar a los bolivarianos, los invito a ir a vivir a Venezuela o a Cuba, e incluso a México. Los invito a intentar hacer ahí lo que aquí podemos hacer libremente: Salir hasta las 5am y caminar a casa o ir en el metro, vestirnos con la ropa que nos da la gana, publicar lo que nos sale de los cojones en algún diario, blog o cuenta de twitter; abrir un negocio, cambiar dinero, comprar una casa, sacar un carnét de conducir, abrir un diario, comprar un móvil, salir de viaje, tener un accidente de coche. Y entonces, hablamos.

La educación el 1:1

Alguna vez se lo escuché decir a Ario Higareda, director de una consultora de responsabilidad social, profesor de liderazgo en la Ibero y padre de unas niñas hermosas, “no podemos esperar el éxito económico para retribuirle algo a nuestro país”. En otra entrevista, esta vez a Roberto Hernández, uno de los 100 hombres más ricos del mundo, me dijo que él primero se había preocupado por estar bien, porque su familia estuviera bien y luego ahora que ya estaba eso asegurado, se dedicaba a que México estuviera bien.

Para cada uno, el sentido de bienestar o estabilidad económica es muy distinto. Para mí, estar bien puede significar comer bien y poder ir al cine un par de veces al mes, permitirme ir a la playa y viajar de vez en cuando. Para Roberto Hernández y su familia, bienestar puede ser sinónimo de hacer un tour por el mundo, tener casa en varias playas y tener la mejor ropa. Para una señora que vive en algunas de las comunidades en donde trabajé con Un Techo para mi País México, bienestar significa no tener miedo de que alguien venga a media noche y le toque la puerta para llevarse a sus hijos.

El bienestar no se puede medir, siempre podríamos estar mejor. Siempre podríamos tener más. ¿Entonces? ¿Cuánto tiempo debemos esperar para ayudar a nuestro país? No me refiero sólo económicamente, sino también activamente. La zona de confort es un ancla que nos retiene y nos da las excusas que necesitamos, pues a nadie más se las tenemos que dar más que a nosotros mismos, para no hacer nada o para postergar la ayuda lo más posible.

Nos quejamos mucho de la situación de nuestro país, de la violencia, de la corrupción, de la contaminación, del tráfico, de los policías, de las carreteras, de todo. Es buen momento para dejar de quejarnos y hacer algo. Y creo yo fervientemente que no hay mejor apuesta para hacer algo que la educación. Ya muchas organizaciones y países han demostrado que es la mejor apuesta, con resultados asombrosos. Si tan sólo esos jóvenes que se unen al narcotráfico como matones hubieran tenido la oportunidad de ir a la escuela, como yo la tuve, estoy segura de que otra sería la historia. Creo que la educación es una apuesta segura, sí, poco notoria para los sexenios políticos, pues es una apuesta a largo plazo, pero segura.

¿Como ciudadanos de a pie, cómo podemos apostar por la educación? Apoyando a nuestros hijos para que no la dejen, impulsando a todas las personas que se nos crucen por el camino (el bolero, la señora de la limpieza y sus hijos, el mensajero, etc.) a que apuesten por la educación. Y en el mejor de los casos, apadrinando a una de estas personas para que no dejen la escuela y obtengan una educación de calidad. Así se lo recomiendo a mi padre porque además, en su caso, esa apuesta la hace con un chavo con el que está seguro de que va a ganar. Aún mejor, ya no es apuesta entonces, es una inversión segura.